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El Incendio y la Cultura

Por Gabriel Fernández

 


Puede resultar curioso en medio del incendio, pero uno de los desafíos centrales de los tiempos venideros

será, para el pueblo argentino, el despliegue de una profunda y enfática batalla cultural.

La Argentina tiene déficit fiscal porque se quedó sin recursos genuinos: las empresas rentables fueron

privatizadas y el conjunto de la recaudación fue destinada a subsidios y al pago de los intereses de la deuda

externa.

La comprensión de este sencillo problema político, pero también contable, no debió haber sido un laberinto

para un pueblo que contaba entre sus antecedentes los padecimientos de la emblemática Década Infame.

Las empresas públicas privadas, los bancos al servicio de Inglaterra, la desocupación,los bajos salarios y la

inexistencia de derechos sociales caracterizaron el primer lustro de los años 30. Forja se extenuó y se potenció

denunciando ese panorama.

¿Qué llevó a suponer a millones de personas, incluídas aquellas con conocimientos históricos, que un

programa semejante ­impulsado originalmente por José Alfredo Martínez de Hoz‹podía tener secuelas

distintas?

¿Porqué los conservadores, los bancos y las firmas se servicios públicos privadas iban a proceder con un

sentido humanitario contrastante con sus mismos antecedentes? Si esto no hubiera ocurrido en otro tramo

histórico, alguien podría decir que estamos "teorizando". Pero ya había pasado.

El proceso que vivimos es innecesario. Es injusto, claro, pero también innecesario.

El machacar de terror más propaganda de los últimos 25 años rindió sus frutos, pero para vencer tuvo que

asentarse sobre un trasfondo cultural "zonzo" que pervivió a lo largo del tiempo.

La década reciente nos mostró comerciantes que pedían el despido de sus compradores, empresarios que

avalaban la apertura que los quebraba, profesionales que aceptaban el cese de derechos que derruía sus

mercados, trabajadores que admitían privatizaciones que involucraban sus propias cesantías.

Puede llamársele alienación. Pero todos sabemos que es una versión muy argentina de esa noción:

agredir el propio interés amerita una caracterización muy porteña mediante un adjetivo sonoro y conocido.

Así ha procedido un vasto segmento de la sociedad argentina. De otro modo, esto no hubiera sido posible.

Los niveles de conciencia alcanzados antes del golpe de 1976 fueron importantes.

Esa elaboración hacia una nueva sociedad fue construída por sectores medios y bajos con capacidad para

mirar, entender, luchar y proyectar. Ahí golpeó el criminal Videla y ahí castigó su hermano Martínez de Hoz.

El resto de la comunidad, con excepciones, prefirió intentar "pertenecer".

Y creer que la modernidad pasaba por aniquilar los beneficios sociales y las prerrogativas laborales.

No faltaron los que insistieron con el "costo argentino" explicando la necesidad de bajar los salarios.

Y los que creyeron que las firmas privadas traían progreso y dinamismo.

El modelo conservador se cae y la gente en las calles lo está empujando.

Felizmente. La cuestión es: nunca más.

Para eso, es preciso salir al cruce de todos los nuevos intentos de individuación artificial, de

distinción personal y de verso neoliberal que están comenzando a armarse sobre las ruinas,

para capturar la voluntad de los zonzos, una franja tradicional de nuestra sociedad.

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