
Hay en primer lugar una experiencia de la nada:
La Multitud sale de la Nada.
Se dirá que hay antecedentes anímicos, reclamos perceptibles, condiciones de existencia que se
abren al conflicto más visible. Pero la fuerza de la multitud es la de salir de una nada del tiempo:
antes de ella, parecía no haber signos que la reclamaran para el cómputo horario.
Simplemente no poseía un saber sobre el instante de su nacimiento.
Pues bien, las multitudes que se están mostrando en las plazas argentinas están realizando la
experiencia del instante creador que nadie sabe en qué punto se origina.
Su origen es múltiple y cuando ocurre la fusión, no es posible explicar muy bien cuál fue el punto
de partida. Se crea otro tiempo, que opera en términos muy parecidos a una cobertura televisiva
–crea su propio tiempo– pero en este caso es al revés, disputa con ella.
La televisión busca multiplicidad de puntos y situaciones, pero no consigue, como la multitud,
crear un extraño colectivo pensante.
¿Cómo piensa la multitud?
Tema crucial, difícil, temible, sobre todo porque de la buena decisión sobre este problema depende
el destino de la justicia profunda y la democracia vital en la Argentina.
¿Es posible tantas potencialidades en esa rubiecita que asoma por el techo corredizo de un
Peugeot a la madrugada del jueves en Plaza de Mayo?
¿Verdaderamente esos motociclistas recubiertos de banderas, efebos de baja cilindrada gozosos
de su acrobacia, mantienen una viga fundamental de una trama política futura?
¿No nos sonrojamos al decir que aquellas señoras tan "clase media Belgrano R" pueden rozar
siquiera el sentimiento que han retratado los cronistas políticos de las grandes mutaciones colectivas
"que han conmovido al mundo"?
Y la cacerola, ese símbolo interno del hogar, confuso depositario de
un lenguaje de la carencia,
apto para matronas de derecha y pequeños comerciantes porteños coléricos, ícono también de la
hábil arrogancia del hedonismo, ¿puede señalar un trazo de reflexión política sobre una nueva
democracia, puede balbucear algo sobre el destino renovado de las instituciones públicas del país?
En principio, importa el hecho de que las madrugadas en la Plaza se verifiquen
en un horario contrario
al del horario bancario. El tiempo que dijimos que crea supone utilizar la noche vacía para interferirla
con un cuerpo sorprendente, compuestos de átomos que van y vienen, que se dispersan y aglutinan y
que no atinan a definir claramente el enigma de su vínculo, la atadura imantada que mantiene juntas a
las piezas dispares. Son necesarias y erráticas a la vez, arbitrarias y precisas a un tiempo.
La soberanía que allí se realiza existe en un presente dramático, que vacila en disgregarse pero teme
también seguir en
conjunto.
En las orillas de la multitud creadora flotan zonas imprecisas, plenas de tensión e inestabilidad.
Para muchos hay que escindir la multitud de esas orillas de espacio y de tiempo que se resuelven en
una gramática de enfrentamiento. Pero la multitud, que habla la lengua del arrebato de los no impulsivos,
de la violencia de la no violencia, sabe que esos acontecimientos son un diálogo interno que ella misma
ha producido. A las dos de la madrugada del jueves pasado, cuando en la coreografía de la Plaza una
nube negra salida del poliéster quemado de los tachos de basura amenazaba el Cabildo, un "no,no"
rotundo surgió de la misma multitud cuando un joven emergió con una viga por uno de los andamios.
Advertido por la multitud de la que formaba parte, no la tiró al fuego y la dejó cautelosamente al costado.
El Cabildo, pensaba la multitud, sólo podía ofrecer el toque de sus campanadas, que otros menestreles
de la multitud se encargaban de tañir. El pensar de la multitud puede comenzar por una estampa escolar,
pero luego puede complejizar sus símbolos hacia
un inédito proyecto de democracia e igualdad en el país.
Esta multitud nueva, creadora de tiempo, si tiene tiempo (ojalá), podrá
generar su fuentes de autorreflexión,
sus palabras de autocontención. Para ello busca emblemas en algunos cuerpos que se desprenden del resto:
sonlos osados que suben a los mástiles o tocan campanas en lo alto. Se dirá que luego del ejercicio colectivo
de la multitud quedan destrozos, en la segunda franja de la madrugada, en el último distrito de los recorridos.
Pero ése es un tema de la "agenda" de la propia multitud, que sale de sus casas quizás como pequeña-
ahorrista y llega a la plaza como parte de un pensar
colectivo en elaboración.
¿Y en qué se piensa? En el tiempo, en un futuro cargado de expectativas
de reformulación política.
El Estado, los gobernantes, los funcionarios, los cargos públicos, están allí también como parte de un tiempo
de descuento. Otra novedad: están en forma vicaria. A pesar del "que se vayan", la multitud aprende a dejarlos
mientras selecciona temas y cuestiones. La multitud esencialmente no destroza, piensa.
Es tiempo en estado político. Convive con el tiempo que ella ha creado y que dará sus frutos: situación abierta,
, nadie puede saber el capítulo que sobrevendrá. Pero el drama y la agonía de la Argentina tiene este signo:
la multitud crea su tiempo de reparación y juzga las instituciones públicas (ojalá) con el cántico de una
cercana transformación.
Joseph Stiglitz, reciente premio Nobel de Economía, publicó ayer en distintos medios europeos una larga
nota sobre la crisis argentina. Reproduciré algunos de sus argumentos.
Stiglitz recuerda haberse preguntado, en sus viajes a nuestro país,
"cuánto tiempo más podrían resistir los argentinos"
las recetas fiscales restrictivas que exigía el Fondo Monetario sostenidas bajo "la fantasía que crearían
confianza a los inversores".
El artículo tiene como destinatarios principales al FMI y a los gobiernos occidentales por lo que les toca de
responsabilidad en las crisis que fueron estallando en Asia y América latina. Y de allí la insistencia del Nobel
en reclamar una urgente reforma del sistema financiero
global, empezando por la del mismo FMI.
Pero hay en esa nota tres poderosas críticas a los gobiernos argentinos
de la última década.
Primero, la obstinación en mantener la convertibilidad al precio de tasas de interés impagables.
Segundo, la venta de bancos a extranjeros "sin medidas adecuadas de salvaguardia" para el ahorro y
las inversiones locales. Ultimo, pero no menos importante, el fracaso de los gobiernos "en su misión primaria"
al aplicar políticas que dejan grandes sectores
de la población desocupada o subocupada.
Volvemos entonces a hablar de política. De sociedad y política.
La convertibilidad, la venta de bancos (y agregamos la privatización de empresas públicas a manos de
compañías no competitivas pero garantizadas en su renta) y las políticas de exclusión y pauperización
fueron decisiones políticas. El peronismo abrevó sobre la convertibilidad, anestesiando a buena parte
de la clase media con el 1 a 1 en un paraíso de importaciones y de viajes, mientras se desmantelaba el
Estado, y se ofrecían empresas y bancos a extranjeros.
No fueron muchos quienes alertaron que "roban pero hacen" no iba a
ser gratis, ni para los bolsillos ni
para la moral de un pueblo. Tampoco fueron mayoría quienes se negaron al intercambio político permitiendo
la manipulación y corrosión de las instituciones. Hablamos de la reelección, del asalto de facciones políticas
a los recursos públicos para financiarse, de la
Corte y los per saltum.
La política, en tanto jerarquización de intereses, es la que convirtió
a la convertibilidad en hegemonía cultural
que caló hondo en la sociedad y la corrupción
y el patrimonialismo imperante, no conmovieron a la hora de votar.
La incompetencia de la Alianza y la patética política de continuismo
pero en plena recesión hicieron lo que
los otros: mantener la forma política del asalto al Estado, cada vez más costoso, y cambiar las reglas de
juego y manipular las instituciones. Esta vez fue para clausurar los años de fantasía de un peso por un dólar.
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Bienvenida Clase Media
Bienvenida entonces esa clase media que no teme al estado de sitio y que desde
el 20 de diciembre no deja
respiro a los sucesivos presidentes. Pero devaluación, corralito y mal trato no son el único padecimiento.
Se ha terminado de romper la relación de ese sector con el Estado.
Perdió su legitimidad, no se pagan impuestos y crecen déficit, desempleo.
Mañana serán peores
servicios públicos. Y mayor recesión.
La autocrítica de la dirigencia política es lo menos: la prepotencia
de algunos legisladores es de sinvergüenzas.
Pero la política tiene que dar respuesta a la protesta. ¿En tal caso se acordarán los sectores medios y los
funcionarios de los 14 millones de pobres? Un gobierno que no se preocupa por los desocupados y los
pobres, Stiglitz dixit, no cumple su misión primaria. ¿No sería ésta una nueva devaluación de la política?
Sin necesidad de subirnos a medio de transporte alguno, nos acostamos en un país y nos despertamos en otro.
Me sucedió el 28 de diciembre, cuando me fui a dormir feliz por los cacerolazos y las manifestaciones pacíficas
en Plaza de Mayo y ya sabemos lo que ocurrió esa misma madrugada cuando aparecieron los vándalos.
Por eso, en la noche del último jueves no me resultó tan fácil apagar el televisor. Había asistido al cacerolazo
en Belgrano, casi festivo, casi carnavalesco, y a medianoche de regreso en casa vi que una multitud se había
congregado en la plaza. Me dormí de agotamiento, pero temerosa de saber al día siguiente en qué se habría
convertido la carroza del hada pacífica. Ratones y zapallo serían lo de menos.
Lo de más: la destrucción y la furia.
Quienes golpean cacerolas y quienes rompen todo no son los mismos. Igual ha
llegado el momento de
detenerse a pensar un poco. ¿Qué queremos realmente? ¿Rescatar nuestros dineritos acumulados con
tanto esfuerzo, o rescatar el país? La lógica dice que lo uno va con lo otro, que a dinero en mano más gasto,
más reactivación, etcétera. La lógica no siempre funciona en estos casos. Funciona la energía y la energía
tiene eso, se desborda. El dinero es sobre todo energía; la cacerola también se ha convertido ahora en energía.
Golpeamos y saltamos para bien y de súbito el mal irrumpe, salido de la nada, o mejor dicho salido de la bronca,
de la desesperación. De la impotencia. Ha llegado el momento de tomar conciencia de que no somos impotentes.
Lo hemos demostrado derrocando a un presidente y a un títere.
Podríamos encauzar este nuevo poder hacia donde más nos conviene, sin destrucción ni amago de estallido
social, pero con clara conciencia de que el estallido social espera a la vuelta de la esquina si las cosas no se
encarrilan para bien de todos.
Se impone la necesidad de no seguir condenando a bulto.
Resulta imprescindible identificar al enemigo, saber dónde está y qué intereses lo mueven.
Evitar que toda la fuerza acumulada de la gente no sea revertida -como en el kung fu– en nuestra propia contra.
Revolvamos el río con todas las ganas ¡pero no dejemos que los pescadores sean los otros!
Hemos pasado demasiados largos años cerrando los ojos para soñar
con delirios de grandeza o mirando
hacia otro lado. Ahora por fin con los ojos abiertos llegó el momento de enfocar bien la vista.
Y de aguzar el oído porque el peligro late dentro y fuera de la tan sacudida Casa Rosada.
Conviene por lo pronto no minimizar las palabras "tranquilizadoras" que Duhalde dijo el jueves en
reunión de ministros: "Si llegaran a surgir nuevos estallidos (de violencia), estaré al frente y con el r
espaldo militar evitaré que no ocurran males mayores" (sic). Parecería tratarse, para el pueblo argentino,
de una amenaza de doble faz. La atroz pesadilla de una nueva dictadura militar reforzada por el lapsus
presidencial: evitar que no ocurran los estallidos significa que le conviene que sigan ocurriendo.
El lenguaje siempre sabe más que su propio emisor...
Ahora la pelota está en nuestra cancha, y es una pelota ardiente.
Pero podemos intentar alguna humilde contribución al desbarajuste del orden económico
internacional que entroniza a los pocos poderosos y hunde al resto.
Hoy el primer mundo (al que nunca debimos haber pretendido acceder) nos mira con inquietud.
Vale la pena tratar de mantenerlo en jaque. Desde Epícteto sabemos –deberíamos saber–
que el ser humano no viven entre las cosas sino entre los "fantasmas" que se hace de las cosas.
Ha llegado el momento de aprender a mirar el dinero desde otro ángulo.
Como toda herramienta, como toda arma, el dinero tiene doble filo.
Poniéndolo cada vez más lejos de nuestro alcance intentan doblegarnos.
Estamos tratando de evitar que la cosa les resulte tan fácil, y para eso conviene no dejarse
esclavizar por el dinero. Ya los comerciantes lo vienen intuyendo y han depuesto la voracidad.
El miedo a la hiperinflación nos hace prudentes.
"Debemos encaminarnos hacia lo que nos es desconocido, incierto e inseguro,
usando toda la
razón que tenemos para poder garantizarnos seguridad
y libertad", dijo Karl Popper.
En ese sentido estamos todos en el mismo bote: quienes quieren desactivar el
corralito para
recuperar sus ahorros y quienes hoy no tienen ni para comer ni corralito donde caerse muertos.
Mi corazón está con estos últimos, todo lo que hagamos en pos de un cambio deberá apuntar a
un cambio para sanear la economía, para curar la enfermedad social y devolverle a todo habitante
de este país incierto su perdida dignidad. Torcer el rumbo es ahora infinitamente más difícil de lo
que pudo haber sido antes del menemismo, pero hay que hacerlo. Unos metros más y allí están
las cataratas, a este barco lo timoneamos todos o se
lo llevan los rápidos. En más de un sentido.
A principios del gobierno de Alfonsín, la República Argentina
amagó con no pagar su deuda externa.
Fue un insomne fin de semana para Wall Street porque la amenaza era viable.
La Argentina de entonces (¿se acuerdan?) se autoabastecía, tenía su propio petróleo, sus industrias;
el campo no daba pérdidas, tenía trenes y electricidad y teléfonos y agua corriente.
Era un país, en pocas palabras, hecho y derecho.
Cosa inadmisible para Wall Street y las transnacionales, que rápidamente movilizaron a
esbirros y secuaces locales.
Las privatizaciones fueron despojando a la Argentina de todo lo argentino. Yo no sé si el Estado puede
o no mantener los servicios públicos, si conviene o no subsidiar la industria nacional, sólo sé que nos
desmantelaron el país de la manera más sucia y desprolija posible, sin dejar ni las migas.
Y se hizo bajo el cetro de Menem y el espejo de alondras contra el cual fuimos a dar de narices se
llamó Ingreso al Primer Mundo. Nos lo creímos por vivir más allá de la realidad bogando en la expresión
de deseo. Al primer mundo ingresaron nuestro petróleo, nuestros teléfonos y electricidad y aviones y los
pocos trenes que les convino retener y todo lo rentable, a nosotros nos dejaron en el pozo de la ausencia,
más tercer mundo que nunca.
Desde ese pozo hay que reconstruirse, desde cero. Lo bueno es que el aletargado
espíritu que dormía un
sueño de opio despertó de repente. Tenemos ganas y hasta parecería que potencial tenemos.
Lo malo podría ser la personalidad cíclica de este país y sus dirigentes, que en lugar de aprender de
los errores tiende a repetirlos con creces.
Quizá empezar de cero no sea tan negativo, después de todo: permite
la regeneración.
Nos han cortado la cola de lagartija, lentamente nos crecerá otra distinta.
Es hora de rever no sólo nuestra perversa economía de mercado sino también nuestros mitos.
La nueva y gloriosa nación que tuvo al matón de Juan Moreira, al racista de Martín Fierro y al aprovechador
del viejo Vizcacha como sus héroes populares ya puede ir quedando atrás.
Un cambio de gaucho se requiere. A mi amado Inodoro Pereyra no lo recomiendo, sin embargo:
"mal pero acostumbrao" no es buena respuesta a la pregunta de qué tal, cómo nos va.
Ahora la respuesta perecería ser "acá estamos, en la brecha, defendiendo como mujer (con cacerolas)
lo que acabamos de aprender a condenar como políticos". Y lo haremos de manera consciente y reflexiva
porque la gratificación inmediata es cosa de la adolescencia y hemos madurando.
A golpes, es cierto, pero parecería que hemos madurado.
La dificultad para dar cuenta de los elementos que componen la encrucijada argentina termina
convirtiéndose –en nuestras intensidades mentales y café por medio– en la tentación cotidiana de
encontrar cada quince minutos y sin mayor dificultad el enigma revelado de lo nacional que nos hace.
Esto es, descifrar después de cualquier noticiero de estos días –con el resto de saliva que nos queda y
haciendo que miramos la ventana cuando ya no miramos nada– los secretos increíbles y finales del ser
argentino, desde una divagación reduccionista
y apenada por el papelón de nosotros a los ojos del mundo.
Así es, se trata de autoorientarnos en un presente tenebroso, teniendo
claro únicamente que nuestra inspiración
se agiganta cuando nos topamos, de tanto en tanto, con el protagonismo de los descuajeringados "segmentos"
de clase media. Representantes diversos de las clases medias sobre todo capitalinas, con su protesta y
cacerolas en las calles del estío y diciendo al resto de la familia después de agarrar la champañera y un
tenedor salgo y vuelvo, voy a voltear a un presidente, déjenme la cena arriba de la heladera.
En ésa estamos. Digo, de pronto encontrarse no ya con Walter Benjamin o Michael Foucault
sino persiguiendo el arcano cultural de tía Matilde.
BCM. -
Bienvenida a la Pobreza, Clase Media.
Si uno hace historia de esta clase media, historia barata, que no cuesta mucho,
gratis diría cuando
tenemos el sueldo encanutado, podría argumentarse: una clase media que viene de un radiante y a
la vez penumbroso viaje. Viene desde aquélla, su ingenua estación inaugural de los años 50, donde
él se puso el sombrero y la corbata con alfiler, ella la permanente y la pollera tubo, y ambos salieron
casi virginales pero envenenados a festejar en la Plaza de Mayo la caída de Perón al grito de
"no venimos por decreto ni nos pagan el boleto". Cancioncilla tan escueta como cierta, interrumpida
por saltos en ronda a la Pirámide para entonar "ay, ay, ay, que lo aguante el Paraguay" sin ningún
tipo de grosería ni
mala palabra con las que hoy se luce cualquier animador de pantalla, pero nunca
mi padre.
Después la clase volvió a meterse en casa para advertir, con menos
recelo, que los morochos sobrevivían a
todos los insecticidas ideológicos y censuras, y para dedicarse no sin cierto cansino asombro a
departamentos en consorcio, Fiats en cuotas y palmitos con salsa golf y rosado.
Recién a fines de los 60, principios de los 70 el gran estamento medio recibió la primera monografía
fuerte a componer, de la cual culturalmente no se repuso nunca jamás, para entrar en cambio en el
jolgorio y la confusión liberadora de distintos eros. Fue cuando los hijos, ya grandulones, arruinaron
cada cena o almuerzo dominguero con la "nacionalización de las clases medias", al grito en el
comedor en L de "duro,
duro, duro, vivan los montoneros que mataron a Aramburu".
Tamaña reivindicación de arrabaleros no estaba en los cálculos
de la clase media blanca de abuelos
migradores, pero nadie se arredró en la cabecera de las mesas –ni escurrió el cuerpo en la patriada,
hay que admitirlo– aunque apenas entendiesen la metamorfosis de la nena que además copulaba
en serie con novios maoístas, peronistas y con dudosos nuevos cristianos.
La cuestión era la liberación de la patria frente a una vergonzosa dependencia al imperialismo,
también tirarles flores desde los balcones de las avenidas a las columnas infinitas de la JP
que gritaban "paredón", y votar sin vacilaciones en marzo del ‘73 a ese candidato cuyo lema
en los carteles decía:
"ni olvido ni perdón, la sangre derramada no será negociada".
Tiempo y silencio le costó a la clase volver a salir otra vez a la plaza
después de esa canita al aire.
Prefirió desde el ‘76 salir a Europa, a Miami, o a la frontera del norte misionero en largas columnas
de autos compradores de TV a color, al grito desaforado en los embotellamientos de "Argentina,
Argentina" tal vez porque también en colores habían sido losgoles de Kempes.
Sin duda se trataba ya de una mentalidad o imaginario de clase más bien desquiciada, pero no
culpable del todo: en historiografía todas las conductas colectivas no tienen un psicoanalista sino
la justificación de los contextos. Regresó a la plaza, emocionada y agradecida por no escuchar más
sirenas policiales ni rumores sobre la casa de la esquina, para vociferarle presente con banderitas
argentinas al beodo general de las Malvinas desde un resto patógeno del nacionalismo de los 60/70
guardados en alcanfor. Para pensar trascartón que los chicos, allá en el sur bélico, eran como los
del exilio o los que seguían en cosas raras: era fatalidad, violencia, guerra, delirio, caminos ciegos
de la multitud en la plaza que siempre le pusieron, a la clase, la piel de gallina emocionada.
Dulce y patriota tilinga.
Es una clase, entendamos, que no descarta ni parte en dos nunca las aguas.
Que los amontona, sin decidirse por ningún telos de la historia. Los acumula escondidos en el
placard como cartas de otro novio, no del marido cuando joven. Coleccionista histérica y siempre
arrepentida: así apuntan algunos sesudos que la estudiaron por años.
En el ‘83 caminó las calles con los jóvenes de Peugeot y boinas blancas apostando por la vida
radical frente a un peronismo cadavérico cadaverizador. Festejó, danzó, cantó, se olvidó de sí
misma y sus años recientes. Más tarde mandó a los más jóvenes a las plazas de la memoria
de la muerte, pero ya no pudo relatar su sencilla biografía como sucedía en los 50 y 60, sino sólo
fugazmente, a retazos: ¿qué, cómo, cuándo, dónde estoy, estuve, no estaba, quién, ella, no, yo?
¿Hasta Ezeiza caminando, papá, y vos qué hiciste ese día abuela, y donde murió el tío?
Una última vez salió la ingrata con el gorro frigio, en absoluta dignidad y defensa de los valores
señeros de una crónica tan patria como esquiva. Gritó, entonó, puteó como siempre, pero justo
ese día empezaron a decirle canallescamente pura verdura: la casa está en orden, festejen tranquilos
las Pascuas. Al otro día nadie confabuló, nadie se reunió a decidir, no se conoció un solo panfleto
que resumiese el programa nacional clasemediero, pero lo cierto es que no volvió a vérsela junta,
sobre el asfalto, por quince larguísimos años.
Ella es entonces como napas inclementes de ella misma. Como subsuelos abollados
de sus gestos
unos contra otros. Como recuerdos surcados por lombrices. Como una maroma amontonada de
liberación nacional, Evita socialista, déme dos, plazo fijo, abajo Holanda, la tablita, el miedo,
algunas locas de la plaza, piratas ingleses son argentinas, nos los representantes de la nación,
democracia, aparición con vida, si se atreven incendiamos los cuarteles, están asaltando las
góndolas, cerrá las celosías, espiá por la ranura, ¿qué pasa mi amor, son los cabezas otra vez?
Como amasijo, un día finalmente le llegó el cansancio en el alma. Que es la venta del alma, dicho
de otra forma.
Para colmo se moría la clase obrera, testigo de todo para el día
del juicio final.
Para colmo se vendió el país, el peronista Menem instrumentó la utopía y pesadilla: la convidó,
la invitó, la enajenó, la cosificó según Marx, la subyugó "uno a uno", remató una vieja nación coronada
su sien, liquidó identidades, lenguaje, nombres, pequeñas tradiciones, recuerdos, ideología.
Y tuvo en esa clase media uno de sus buenos soportes simbólicos, concretos y votantes,
cuando la ilusionó de que no existían más ni peronistas ni gorilas, ni izquierdas ni derechas,
ni arriba ni abajo, ni ricos ni pobres, ni primer ni tercer mundo.
Cuando ya no existían tampoco políticos. Sino sólo la promesa de bancos siempre abiertos para
cualquier hombre de bien. Y para que nada de eso se tocase, para que nada torciese el espejismo
ni el rumbo, el hombre nada fue votado por la clase:
Fernando.
Ahora vienen los sociólogos exitistas o agoreros de siempre. Intelectuales.
Apuntan: clase media heroica en las calles anulando ladieta de los diputados de Formosa
como salida histórica para toda América latina. Clase media corajuda, pueblo irredento de las
cacerolas con las cabezas de los nueve delincuentes de la Corte adentro.
Clase media volteadora a ollazo limpio de gobiernos impostores que parecían eternos.
Clase media puta, nieta legítima de sus abuelos tanos y gallegos angurrientos de morlacos,
dicen. La Argentina únicamente valió si te daba guita, después no existe: así dicen de la
pobre clasecita, ahora a los alaridos frente a la Rosada y rodeada de temibles saqueadores c
asi en pelotas. Porque salió otra vez a la calle por fin. Acorralada.
A corralito y lanza en mano esencialmente. Ahí anda embistiendo. El enemigo son los políticos.
No, es la izquierda. No, los corruptos. No, es la petrolera. No, es el populismo y la demagogia.
No, son los bancos. No, son las empresas privatizadas. No, es el liberalismo.
No, son los gallegos imperialistas como en 1810. No, son los negros peronistas otra vez en la capital.
Anda desorientada la pobre, pero soliviantada como nunca.
La propia historia que relato –antojadiza, falsa, liviana, inoportuna– devela
el interesante claroscuro
de la clase analizada. Sus extrañas medias tintas. Sus románticas luces y sombras espirituales.
Sus insondables claros de luna. Sus materialistas intracontradicciones objetivas, diríamos allá
por 1972 donde todo era salvable. Ahí está cenicienta y ramera con su fuerza y su talón de Aquiles.
Llama a las revoluciones, pero un plazo fijo la embota como niña enamorada adentro de un granero.
Ahora su lógica navega al compás de movileros descerebrados, cámaras amarillas de Crónica TV,
al ritmo de su justa furia por dólares encarcelados, por su real hartazgo de una clase política que
nada hizo cuando el país desapareció, sino
que casi se fue con él.
A lo mejor algún día pueda volver a contar su biografía.
Igual que antes, allá por los 50,
cuando no había salido del patio de magnolias.
Entre las frases que los avatares socio-económicos acuñaron entre nosotros surgió una que
conmueve por su empecinada reiteración en boca de políticos y expertos:
"Es necesario que la gente vuelva a tener confianza".
Al repetirla quizá se logre que adquiera carácter de letanía
o de jaculatoria acompañante; de este modo
podría tornarse eficaz si se la convirtiese en mantra ritual. Pero se mantendría distante del análisis que
demandan sus complementarios, la desconfianza y la decepción, una vez que ha colapsado la fiabilidad
en las instituciones y en los circuitos bancarios. Fue Giddens quien desmenuzó la distancia que separa
la fiabilidad de la confianza; pensó que la confianza –como producción comunitaria– depende de la
fiabilidad de los sistemas especializados (instituciones reguladas por expertos) que crean seguridad,
y también está asociada a la consistencia
de los ámbitos cotidianos (funcionamiento de la vida familiar).
Se intenta neutralizar la desconfianza porque implica el descrédito de
las promesas, de las garantías y
adquiere su máxima vigencia cuando se verifica que se rompió el enlace entre la palabra garantizadora
("yo le cuido su dinero", según los bancos) y los hechos reales. Esa ruptura produce una herida narcisista
que sangra cuando la ciudadanía no puede juntarse con el sueldo o los ahorros; herida agravada por la
impotencia que dicha frustración produce. Al mismo tiempo la desconfianza se convierte en injuria
psíquica y verbal contra aquello que traicionó la confianza: alcanza con escuchar lo que se dice acerca de
los bancos y acerca de los políticos que facilitaron los procedimientos corraleros.
Comencemos entonces por ese lugar instituIdo como categoría nacional: ¿qué es un corralito?
¿Una verja de madera destinada a limitar los desplazamientos de los chicos dentro del perímetro
doméstico? Esa es la extensión ilícita y denigratoria del lugar que se destina a los niños pequeños
considerándolos animalitos. También los adultos quedamos incorporados en el dispositivo limitante
merced al corralito, palabra que se repite con aire ingenuo y aun risueño.
¿Es una expresión internacionalmente reconocida en los ámbitos de las Ciencias Económicas para
referirse al "sitio cercado y descubierto donde se tiene a los animales domésticos: aves, conejos, etc."
? ¿O al "cercado más grande donde se tiene ganado de cualquier clase"?
O, tratándose de un argentinismo: "hacerle a alguien corralito quiere decir rodearlo para obligarlo a
rendirse o entregarse preso". ¿Es posible que se haya elegido ese diminutivo para describir los efectos
de una decisión grave que, sin necesidad de imaginación
extrema mantiene acorralada a la población?
La desconfianza injuriosa es producto de constatar que el dinero está
bloqueado, lo cual genera la vivencia
de acorralamiento. A partir de verificar dicha vivencia, de constatar la no disponibilidad de sueldos y
depósitos, circunstancias que comprometen la existencia de miles de ciudadanos (a los que debemos
añadir las desdichas de quienes no cuentan con dinero en los bancos y tampoco tienen trabajo)
se plantea la necesidad de generar confianza.
La confianza comienza siendo una construcción individual, cuyo origen
se nutre en la infancia,
en la relación con los adultos. Se confía en aquello que se reconoce como duradero y garantizador
de apoyo, de alivio, de seguridad. El sobresalto y lo imprevisible impiden la construcción del
sentimiento de confianza, o deterioran el que previamente pudo organizarse.
En este terreno es donde nos posicionamos, repitiendo "la plata está en el corralito.
¿Cuándo la podremos sacar?" tratando de avanzar en la dimensión exquisita de la confianza
que es el futuro. Pero ese futuro está habitado por los que garantizaron todo lo que no se cumplió,
aquellos que estarán obligados a la reciprocidad de la confianza que se les otorgue,
respetando lo pactado. Es el mundo habitado porquienes protagonizaron la historia de cinco
presidentes en ráfaga y reconocen que la alternativa es programar la recuperación de los
depósitos en dólares hasta el 2003. En este escenario y con estos protagonistas se recomienda
confiar. Como lo escribe Lechner, "confiar es reflexionar
la inseguridad (...) La confianza no ignora el riesgo".
Sin duda es preciso instaurar confianza pero, ahora como sentimiento carente
de ingenuidades y,
paradojalmente, capaz de mantenerse en alerta. Reformular la idea de confianza cuando es complejo
contar con la fiabilidad de sistemas en los que es inevitable confiar, demanda el esfuerzo ciudadano
de controlarlos y además apelar a los propios
recursos psíquicos para inventar futuros (¿Utopías?).
Actualmente se trata de gestar una confianza que apunte a transformaciones,
y no sólo a repeticiones
conformistas. Una confianza asociada con el deseo, siempre que sea un deseo caracterizado por su
poder de transformación, es decir, que se desarrolle entre los obstáculos, según el pensamiento de
T. Negri. No me consta que sea ésta la confianza que actualmente se solicita para asumir un nuevo
sistema financiero que respondería a las características de un país distinto; un país en el que, entre
otros cambios reformulase la redistribución de
bienes.
La confianza tradicional, que no es la que acabo de describir, es la que se
solicita a una población
angustiada, decepcionada y en el borde de la furia. ¿Cómo responderá la población al comprender
que en los circuitos del poder se confía en que sea ella la que financie con su dinero y con su
comprensión la crisis que el poder gestionó? Crisis que la ciudadanía (dicho sea sin las distinciones
y matices necesarios) no supo o no pudo advertir, y que ingenua o frívolamente consintió.