El éxito de Gardel en el exterior es módico y contradictorio.

El cine del exilio

por David Oubiña

Exilio
Para el cine argentino, el viaje de Carlos Gardel a Francia y a Hollywood ( en donde filma sus siete largometrajes sonoros ) resulta paradigmático: el artista local exitoso que parte para ampliar sus horizontes y triunfar fuera del país. La fascinación por las luces de Hollywood y el prestigio de Europa; pero, también, la fantasía insolente de triunfar en una gran metrópoli: el desembarco del tango en Broadway.


A la concepción iniciática y legitimadora del viaje intelectual que ha sido una constante en la historia de la cultura argentina, el zorzal criollo le aporta las dimensiones del mercado y de lo popular propias de una industria como el cine: hacia afuera, la petulancia de un parvenu que sueña con imponerse a fuerza de picardía allí en donde otros se conformarían con codiciar tesoros ajenos (es decir que no viaja sólo a adquirir sino que posee una mercancía exótica para ofrecer); hacia adentro, el sentimentalismo de un muchacho humilde que, a pesar del éxito, no ha dejado de añorar su barrio y su gente sencilla (es decir, que siempre "vuelve al primer amor" y a la "ciudad porteña de mi único querer").

El tango en Broadway (Louis Gasnier,1934) y Cuesta abajo (Louis Gasnier, 1934) exacerban esa doble faz del viaje: la primera es una comedia sobre un joven calavera y jaranero que se ve obligado a aparentar seriedad cuando la inoportuna llegada de un tío cascarrabias interrumpe su vida disipada en New York; la segunda, en cambio, muestra el triste destino del que ha partido cegado por ambiciones desmedidas, alejándose de los afectos simples y sinceros.

 


El éxito de Gardel en el exterior es módico y contradictorio. Sus películas, producidas por la Paramount para el mercado hispanoparlante, aseguran grandes ganancias en América Latina pero no tienen mayor difusión en los Estados Unidos. La industria es siempre despiadada y el soñado desembarco en Broadway es más bien relativo. A diferencia de Carmen Miranda, Gardel no logra integrarse a los elencos norteamericanos y su pobre dominio del inglés acota las posibilidades de su carrera. Como si fuera el personaje de uno de sus films, decide regresar a la patria. En El tango en Broadway, la descripción que hace del Barrio Latino y de sus habitantes puede proyectarse sobre su viaje personal: "Gente de nuestra raza, lírica y apasionada, visionarios que vinieron a conquistar la gran ciudad y que sueñan con volver. ¿Quién no piensa en la patria chica? Son nostalgias de golondrina" . El elogio de la patria añorada suena a impostura pintoresquista en estos films de exportación para América Latina cuyos personajes, aunque se dicen porteños, hablan castellano con acento centroamericano o español.



Hay una patria del cine. Pero no por la mera filiación temática o por el hecho biográfico de que intérpretes y realizadores hayan nacido en un lugar cierto o por el reglamento de los festivales que adscriben la procedencia de las películas al país de su producción. ¿Es posible hablar de cines nacionales en el mismo sentido en que se hace referencia a literaturas nacionales o a músicas nacionales? Hay un patria del cine porque, desde antes y al margen de su concepción, todos los films pertenecen a un país cuyos límites se han constituido como un finis terrae: una planicie uniforme, poblada por un lenguaje universal que no permite nada afuera de sus confines. Hay una patria del cine organizada sobre un conjunto de mitos de pertenencia, tradiciones de filiación y modos de representación colectivos que imponen a los films una identidad estandarizada.


Es cierto que hubo, en algún tiempo, un cine autónomo más allá de las fronteras de ese país. Pero cada vez más, la posibilidad de una acción singular al margen de ese territorio homogéneo se ve amenazada por la inexistencia. Y si esa procedencia impuesta resulta poco reconocible, si la matriz que moldea los films parece difícil de caracterizar, no se debe a su ausencia sino, precisamente, a su omnipresencia. Es su misma ubicuidad la que la vuelve invisible y la hace pasar inadvertida. No se trata de un verdadero internacionalismo del cine, porque una utopía sin fronteras debería incorporar las diferencias; pero tampoco es posible hablar de un auténtico imperio, porque toda dominación imperial supone territorios coloniales y, en consecuencia, un estado de tensión: aplastamiento de identidades preexistentes, políticas de represión, focos de resistencia e, incluso, zonas de contacto y de contaminación. Ya no se trata siquiera de eso. Habría que pensar, más bien, en un país sobredimensionado, cuyos límites se han ensanchado de manera monstruosa; un continente provinciano, en todo caso, que hace que el mundo virtual de las imágenes se estreche notablemente.

"Esa fue la belleza de los nuevos cines de los años sesenta y se evaporó", dice Serge Daney cuando se refiere a las posibilidades de exploración, de diálogo y debate que los films han perdido en el pequeño país del cine: "los mejores cineastas actuales no son realmente hermanos sino que se enfrentan más bien con un margen de maniobras restringido que los hace parecerse entre sí, pero no como hermanos y ni siquiera como rivales".



Obviamente, cuando se hace referencia al exilio en el cine argentino, la acepción que viene a la memoria de manera más directa lo asocia a los numerosos directores que debieron huir de la última dictadura militar e, incluso, a los films que sobre ese tema se realizaron luego del reestablecimiento de la democracia en 1983. Sin embargo, lo que aquí denomino cine del exilio se refiere a los restos de ese cine autónomo (los "nuevos cines" de Daney) que se cuelan por las fisuras de esa patria multinacional que es la industria del cine. Son reliquias o ruinas, en el sentido benjaminiano; son aquello en lo que se han convertido los nuevos cines cuando ya no queda otro espacio que las catacumbas (aunque las catacumbas sean, aquí, una oscuridad nómade). Por lo tanto, en este contexto, el exilio no define la exclusión del destierro sino la sustracción de una desterritorialización . Si la noción de viaje siempre implica un desplazamiento, en este caso se trata de una línea de fuga, un descentramiento en relación a ese territorio más o menos estable de lo que el cine puede decir. "A los niños se les suministra la sintaxis del mismo modo que se suministra a los obreros instrumentos, para producir enunciados conformes a las significaciones dominantes", escribe Deleuze. "Es preciso que comprendamos en sentido literal esta fórmula de Godard: los niños son presos políticos. El lenguaje es un sistema de órdenes, no un medio de información"

El cine del exilio será entendido aquí en ese mismo sentido político.

 

Al final de Cuesta abajo, solitario y ya vencido, Gardel sueña con el regreso: el recuerdo de la candorosa muchacha abandonada nutre, simultáneamente, el remordimiento y la esperanza. Su amigo lo entusiasma: "Hay una vida mejor, allá, en Buenos Aires". Juntos enuncian las cosas que se añoran, aquellas por las que vale la pena volver: el río de juguete, las callecitas de barrio, las pebetas coquetas, los arroyitos arrabaleros, las carreras de caballos en Palermo, la avenida Corrientes, el tango. Finalmente, tratando de encontrar una expresión que condense tanto deseo, Gardel entona el célebre "Mi Buenos Aires querido". Toda la escena está dominada por esa vibración nostálgica del que añora los afectos, el barrio, las costumbres, una manera de ser: aquello que en el regreso convoca a la inmovilidad, aquello que el recuerdo ha conservado como un museo de lo pintoresco. El Buenos Aires que se extraña en los films de Gardel es ese sitio inalterable e incondicional que permite definir una identidad y conservarla de manera pura, no importa cuan lejos se viaje. Estos films del exilio, en cambio, sólo viven en la incomodidad de un no lugar, a la deriva, y desconocen la vuelta. Como en el cuadro que le regala Mario a Fabián Cortés, en Las veredas de Saturno, un árbol de palabras que no tiene raíces y en donde se lee: "Somos un signo sin ningún sentido más allá de todo dolor y hemos casi perdido la lengua en el extranjero. Hölderlin". No existe el viaje de regreso: en algún momento del desplazamiento se impone un punto de no retorno Es un momento inefable, pero explica por qué los personajes de este cine del exilio se han vuelto irremediablemente parias: por qué fracasa el retorno de Fabián Cortés a Aquilea (en Las veredas de Saturno), por qué Juan Pelayo se resiste a volver a la reserva chorote (en Hijo del río), por qué Falconetti y Le Vigan mueren en el destierro (en Boulevards du crepuscule), por qué la literatura de Saer parece persistir en una vida ilusoria (en Retrato de Juan José Saer), por qué Fermín se convierte en una especie de muerto civil (en Boda secreta) o por qué el juego de los dobles es un laberinto sin descanso (en Cuerpos perdidos).

Cabe, entonces, diferenciar melancolía de nostalgia porque en cada una se implican distintas concepciones de mundo. La nostalgia presupone una pérdida impuesta por la distancia (temporal o espacial): el nostálgico se aferra a un mundo que quizás ya no existe pero que, en su recuerdo, conserva el refugio cálido y familiar de lo inmutable. La melancolía, en cambio, es el signo de una ruptura, una inadecuación, una discontinuidad: el mundo ha estallado en pedazos porque la mirada misma que debería organizarlo se halla en ruinas. El melancólico es un individuo incompleto, asimétrico, fuera de lugar. Se entiende, entonces, que la distancia entre mundo y sujeto no está aquí determinada por las dimensiones exteriores de tiempo y espacio sino que se ha vuelto un problema ontológico.

"No encontrarías nada", dice Mario cuando Fabián Cortés fantasea con volver a Aquilea: "todo está en ruinas. Sería como aterrizar en Saturno". En efecto: porque volver es como viajar a otro planeta; pero también, porque Saturno es el signo de la melancolía ). La nostalgia evoca un paraíso perdido, el momento en que el individuo era uno con el mundo; la melancolía, en cambio, evidencia un fracaso, el abismo insalvable entre el sujeto y el mundo.

En Las veredas de Saturno (Hugo Santiago, 1985) ese movimiento es llevado al extremo.

Pablo Levin —interpretado por el propio realizador— sentencia:

"Ahora ya no podría volver, y no tengo ninguna razón".

El exilio es una deriva trágica, irreversible, irreparable.



David Oubiña. Ensayista y crítico.

Se licenció en Letras en la Universidad de Buenos Aires y se ha especializado en el estudio comparado del cine y la literatura. Es docente e investigador en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad del Cine. En la actualidad prepara la edición de un libro de ensayos sobre cine premiado por el Fondo Nacional de las Artes.

 

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