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POR QUE PASO?- ¿Quién se animó a hablar de igualdad en estos años?
Y: ¿a quién le hubiese interesado escuchar hablar de igualdad? Nos embobamos con la idea de
la libertad como un valor que nos indujo a ser libremente descerebrados. Creímos, banalmente,
estúpidamente, que éramos libres porque untábamos nuestras tostadas con mermelada húngara
o porque nuestros hijos nos pedían un viaje a Orlando y eso no sonaba descabellado.
Cómo son los chicos de hoy, pensábamos, piden un viaje a Orlando como quien pide una pizza.
Creímos, aun sin decírselo a nadie, que éramos libres porque comprábamos microondas en cuotas
y porque nos habíamos mudado a un edificio con gimnasio y solarium.
Y ahora, mientras salimos a la calle con ollas de teflón, mientras el modelo estalla, todo esto otro
nos estalla en la cabeza.
Primero vinieron por los lúmpenes, después vinieron por los desocupados, más tarde
vinieron por los maestros y los estatales y los piqueteros, y ahora vienen por nosotros.
Claro que ahora es tarde.
Una tara genética de la clase media yace en su propio imaginario, que habría que rastrear en la
asombrosa capacidad de negación de esos abuelos inmigrantes que quemaron las naves.
La clase media se ve más bella de lo que es. Se ve más flaca. Se ve más rubia y más europea
de lo que es. Se ve más educada. En ese imaginario tarado que en mayor o menor medida todos
llevamos incorporado, la clase media siempre ha creído ver su destino atado al de los de arriba
y siempre ha despreciado a los de abajo. Que ahora nos estalle la cabeza es bueno.
Es doloroso, pero es bueno.
La verdad nos dirá de nosotros mucho más que las sirenas noeliberales: somos gente pequeña,
miembros de una clase insegura, habitantes de un país inexplicable, gente negadora, pobre gente,
cuyos sueños fueron inabarcables, pero ahora caben en un garbanzo.
Y en el mejor de los casos seremos gente dispuesta a mirarse al espejo y a admitir que no sólo la
clase política argentina se ha comportado de una manera miserable.
Página/12
Por Sandra Russo