Opinión:
El Exilio de Gardel
por Fabian Doman
Mis
abuelos como tantos otros llegaron al puerto de Buenos Aires hace
casi 90 años, cargados de ilusiones y esperanza. Venían de la
Europa de la pobreza, las enfermedades y la desilusión a construir
otro futuro. Y lo lograron.
La
Argentina recibió entre el final del siglo XIX y el comienzo del
XX una significativa ola inmigratoria que hizo posible hacer realidad
el sueño de un país europeo en el lejano sur de América Latina.
Los argentinos somos, sobre todo los porteños, italianos, que
hablamos en español.
Un
siglo después la historia se revierte. Los nietos y bisnietos
de esos inmigrantes ahora forman largas filas en las puertas de
los consulados en Buenos Aires buscando un dato filial que les
permita reconstruir una historia familiar con raíces en el viejo
continente. Los más audaces prefieren el riesgo mayor y se embarcan
con las valijas repletas de expectativas para los Estados Unidos,
la tierra de las oportunidades.
Los
nietos están desandando el camino de sus abuelos. La Argentina
está viviendo una de las más profundas crisis económicas que se
tenga memoria. El actual Presidente apenas logra que se respete
su investidura, y el anterior perdió la libertad hace meses, sin
perspectiva de recuperarla en el futuro inmediato. Un grupo de
"piqueteros", mezcla de manifestante y anarquía especialistas
en cortas rutas, organizan un "congreso"a la luz pública y las
cámaras de televisión llegan antes que una justicia, en la que
pocos creen. Sobran los dedos de la mano para enumerar dirigentes
políticos argentinos que puedan caminar por la calle sin una sospecha
de corrupción.
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La
crisis tiene agravantes. No parece tener horizonte y perspectiva.
Muchos jóvenes y algunos no tanto, han resuelto desatar su destino
del incierto futuro que entrega el país y emprender el duro camino
del exilio. Solo que esta vez no está impuesto por una dictadura
militar que los persigue por sus ideas, como sucedía en décadas
pasadas. Ahora es un viaje con boleto de ida. La realidad no permite
soñar con un regreso.
Este
exilio comienza ya a sentirse tanto en Europa como en Estados
Unidos.
Y
también en el ánimo de nosotros, los argentinos, insuperables
campeones mundiales de la soberbia. La realidad nos ha pegado
en la cara con toda su crudeza. Ya no hay más aviones de Aerolíneas
Argentinas repletos de argentinos dispuestos a "comprar" Miami,
ni tampoco se escuchan más las voces porteñas repetir en español
el tristemente célebre "deme dos". Porque no hay más Aerolíneas
(virtualmente quebrada a la espera de algún comprador que pagara
migajas por ella) ni pasajeros que invadan Miami con espíritu
turístico.
Los
argentinos antes íbamos a Miami para que nos sirvieran. Ahora
servimos. Toda la soberbia, especialmente hacia el resto de los
latinoamericanos, está lentamente quedando de lado. Ya no se puede
comprar un argentino por lo que vale y venderlo por lo que cree
que vale.
La
realidad nos ha hecho ver, a golpes, que somos iguales a los demás.
Ni mejores ni peores. Que somos Latinoamérica, aunque algunos
confundan a Buenos Aires con Paris o Londres. Que no somos el
centro del mundo y que hasta otras naciones, con economías más
chicas, pero con dirigentes más grandes, nos llevan años luz en
el mundo de los negocios. Todo lo descubrimos así y de golpe.
Que no hay milagros. Que debe haber esfuerzo. Que el atajo no
siempre es el camino.
De
nada sirve la soberbia cuando hay que limpiar un baño, atender
una mesa, aparcar un automóvil o cargar gasolina (pero para otros).
Trabajos que pensábamos estaban reservados para otros y no para
nosotros.
La
crisis y su consecuencia, el exilio está forjando una nueva raza:
los argentinos sin tierra ni nación. Una experiencia ya
conocida para mexicanos (varios millones), cubanos (desde la década
de los 60) o colombianos en América Latina. Una realidad que también
debiera reabrir el debate sobre las responsabilidades de cada
país sobre lo que ha hecho puertas para adentro, pero que también
plantea interrogantes sobre las políticas que Estados Unidos ha
llevado adelante en "su" patio trasero.
¿Cómo
seremos los argentinos en el exilio?
¿Estaremos
aprendiendo la lección?
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