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Uno.
“Si el tango es el sonido de las calles de Buenos Aires, el colectivo
Bajofondo Tango Club es la banda de sonido para los porteños
del nuevo milenio: tango y electrónica.” Esto es lo que
afirman las notas de la cajita del primer álbum de Bajofondo
Tango Club, escritas por el periodista argentino, radicado en
los Estados Unidos, Enrique Lopetegui. A esto apuesta, entonces,
el experimento hasta ahora más serio y promocionado de
cruzar tango y música electrónica, publicado el
año pasado. A partir de la idea caprichosa de que la electrónica
es la música de hoy, y que el tango es la música
de Buenos Aires, Bajofondo se propone como síntesis concebida
en el Primer Mundo (su mentor y productor, Gustavo Santaolalla,
vive desde hace más de 20 años en Los Angeles) del
aquí y ahora porteño. Aunque no es mentira, es obvio
que no es tan así: Buenos Aires, en tanto ciudad super-cosmopolita,
está cruzada por decenas de ritmos; el tango es sólo
uno de ellos; y la música electrónica es la banda
de sonido de apenas un sector de los porteños, seguro el
menos tanguero y el más acomodado y pretendidamente moderno.
Es probable entonces que si el fan de la música electrónica
recibe gustoso los sonidos del bandoneón entre tanto bombo
en negra, lo hace en un gesto igual de snob que cuando en su música
se cuelan aires árabes o de bossa nova.
Dos.
La respuesta más obvia ante estos primeros cruces de la
música electrónica con el tango puede parecerse
mucho a la reaccionaria recepción que supieron tener los
intentos de los jóvenes porteños de ayer de abordar
el tango desde una perspectiva, digamos, rockera. Después
de por lo menos dos décadas, si alguien quiere buscar tango
en el rock argentino, debe leer letras antes que partituras. Allí
radica la raíz inevitablemente tanguera del rock nacional
y popular, donde el tango, el sentimiento triste que se baila,
se cuela sin esfuerzo. En la música, en cambio, hay que
tener buena voluntad, ser amplio y tolerante y recién entonces
se podrá escuchar en ciertas cosas muy puntuales algún
giro tanguero que no sea parodia ni recreación chistosa.
La música electrónica, dado que casi prescinde de
letra (que, cuando aparece, se vale, sobre todo, de frases que
se repiten y que encuentran sentido en su repetición) carece
del beneficio de la poesía. La integración es naturalmente
más difícil.
Tres.
El tango, aún en su melancolía, se baila con pasión
y calentura, los bailarines pegados, frotándose y haciéndose
uno, sensualidad pura. La música electrónica se
baila en multitud pero por separado, cada uno por su lado. Hay
sexo en ambos: en el tango es evidente, pura franela y seducción;
en la música electrónica es químico, producto
de drogas de diseño que vuelven cariñoso hasta al
potus menos sensual. He aquí una diferencia por ahora insalvable.
Cuatro.
Luego de más de una década de fascinación
tecnológica en la que se valió de sus propios experimentos
digitales para generar novedad y dinero, la música electrónica
salió a mediados de los 90 a la búsqueda de renovación.
Así encontró en el pop y el rock primero, y en los
ritmos del mundo después, matices que le permitieron desarrollarse
y crecer. Los ritmos árabes, africanos y caribeños,
la bossa nova, el flamenco, la canción francesa, el corrido
mexicano: todo pudo adaptarse al swing cuadrado de la computadora.
Desde 2001, con la aparición de Gotán Project en
París, y con más fuerza desde 2002, con Bajofondo
Tango Club y su generosa difusión regional, el tango se
volvió materia de experimentación digital. Algunos
géneros, como la bossa, han sabido aprovechar el encontronazo
y lograron renovarse con estilo a partir de los aportes de los
ritmos digitales. El tango, en cambio, y al menos por ahora, sólo
suma colores “raros” al trance de discotecas y al dance cool que
musicaliza locales de venta de ropa.
Cinco.
Que el swing sanguíneo y caprichoso del tango (su pulso
sanguíneo), se pierdan en la frialdad del 4 por 4 de la
era digital, y que toda mezcla se trate, sobre todo, de la incorporación
del bandoneón y de algún sample (fragmento pregrabado)
de orquesta recortado y adaptado adecuadamente a los beats electrónicos,
son datos que hablan de que los cruces entre tango y música
electrónica son experimentos no acabados. Lo más
interesante, en el caso de Bajofondo Tango Club, pasa por el espacio
para la improvisación jazzy con instrumentación
tanguera que el proyecto genera en vivo. Será que el híbrido
recién empieza...
Seis.
Ante lo inevitable, dice el dicho, relájese y goce. La
aparición de cruces entre la electrónica pop y el
tango era sólo cuestión de tiempo. Llegó,
como llegaron a Buenos Aires los pizza-café con helechos
y los shoppings. Lo que sí puede buscarse en medio de la
andanada de bits y beats por minutos es el respeto, el llamado
buen gusto. Ejemplo: no es lo mismo el espantoso Abasto Shopping
que las Galerías Pacífico o, mejor, lo que parece
que serán las renovadas tiendas Harrods. Sería algo
así: ya que van a intervenir de todos modos, que los responsables
del engendro se tomen el trabajo de hacerlo con, digamos, un poco
de onda. ¿Será posible?
Siete.
En la fusión de tango y dance hay, para concluir, una cuota
de atrevimiento y hasta sacrilegio que debe ser siempre bienvenida.
Es la música electrónica y no ya el rock quien espanta
a conservadores y tradicionalistas.--
En ese sentido, la música electrónica vendría
siendo el rock del futuro y, el rock, el tango de hoy. Pero es
sólo un mirada posible. Lo cierto es que si el tango ha
sobrevivido a los guitarrazos eléctricos y los solos de
batería, no tendría por qué temer ante la
embestida de las laptops.

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