A El Eternauta, Francisco Solano López
la parió junto al escritor Héctor Oesterheld,
geólogo, gran lector y, años después, además,
militante montonero.
La historia que contaba la historieta era la
de una invasión de etnias extraterrestres a una Buenos
Aires reconocible en la Avenida General Paz, la cancha de River
y otros escenarios. Como después le ocurrió a
Oesterheld, al (anti) héroe Juan Salvo de los cuadritos
en serie las fuerzas superiores de los Ellos lo desaparecieron
forzadamente.
Su cumpleaños, Solano López lo
va a celebrar firmando autógrafos y conversando con sus
fans sobre el sentido y destino de sus criaturas: "Ana",
una estudiante de la Sorbona que busca su identidad en una Europa
atravesada por la carrera armamentista de las superpotencias
en plena Guerra Fría. O Evaristo, el viejo y contradictorio
policía guionado por Carlos Sampayo que -para mal o para
bien- se construye a sí mismo. Y siempre el eternauta
Salvo que en la nueva versión de la saga va a reencontrarse
con su hija, apropiada ilegalmente por los extraños invasores.
"Se trata de una metáfora sobre los desaparecidos
y el robo de bebés", explica Solano por si hiciera
falta.
Esta nueva entrega de El Eternauta, titulada
"El regreso" tendrá 288 páginas
en total. Hace muy poco salieron tres capítulos, el cuarto
aparecerá en unos días más, y en marzo
de 2004 se completarán los cinco restantes. Todos tienen
guión de Pablo Maiztegui.
Sus autores todavía discuten amablemente
cuál será su final: desesperanzado, como el primero;
optimista sin ingenuidad o abierto. Lo que ya saben es que el
escenario será la Patagonia. Y, asegura Solano, "hay
algo simbólico ahí, aunque no queremos forzar
la parábola".
Entre tanto, el ilustrador sigue infatigable
en su departamento-taller del barrio de Almagro, dibujando tiras
de un erotismo sin reservas para un abanico de revistas estadounidenses
y europeas. "Empecé tarde, como un viejo verde,
pero lo que yo hago creo que es fácil de digerir",
dice, y se ríe casi con pudor.
Mientras convida con agua fresca y despliega
más y más dibujos, evoca los años de plomo
con su hijo Gabriel -hoy un guionista, radicado en Europa- detenido
en una cárcel del proceso. Y a él mismo dudando
del lugar que debía darle a las ráfagas de inseguridad
con las que convivía "porque Oesterheld mandaba
sus historias cada vez más jugadas desde la clandestinidad,
sin domicilio fijo, y yo seguía yendo como si nada a
mi trabajo en Editorial Abril. Pero no éramos totalmente
conscientes de todo lo que pasaba".