Solange es argentina, pero vive desde hace treinta años en París.

L´EXILE DE GARDEL

Los argentinos en París - Argentinos por Mundo
Los últimos tres años, circunstancias de trabajo notablemente favorables a mi persona me condujeron
a París. Nunca como este año, sin embargo, esa ciudad me pareció tan limpia y tan dorada, tan calma,
tan elegante, tan contenida. Lo más probable es que París se parezca este año tan a sí misma como el
año anterior: era yo la que no llegaba desde el mismo lugar. Cargaba en mis oídos y en mis espaldas el
desmadre argentino, lo llevaba en las articulaciones, en la conciencia y en el inconsciente, lo llevaba en
la billetera, nunca tan desprotegida y flaca como ahora, nunca tan escandalizada por el precio de un té
o de una copa de vino. Lo llevaba, además, en la boca, de la que todo el tiempo brotaban a pedido de
mis interlocutores esbozos de explicaciones sobre cómo es posible este país, sobre qué lógica lo rige,
sobre qué puede pasar.
El euro ha encarecido todo, y a eso debe sumársele la infernal recaída del peso.
Un café a cuatro euros (unos ocho pesos) volvía significativa cada gota. Los amigos
reencontrados ofrecían sobres con dinero que eran sistemáticamente rechazados, pero el gesto
implicaba una visión generalizada de un argentino en París: un indigente, un habitante del
misterio latinoamericano otra vez desatado con toda su iracundia sobre el alma mal
acostumbrada a su sesgo europeo.
Los noticieros, la semana pasada, no dijeron ni una palabra sobre la Argentina:
los argentinos que los sintonizaban se tranquilizaban mutuamente.
Debe estar todo más o menos igual o todavía no cayó eran frases normales.
 
Solange es argentina, pero vive desde hace treinta años en París. Trabaja como traductora para
un organismo internacional, igual que su marido, Claudio, un sociólogo chileno. Pero, ¿cómo es
vivir ahí?, pregunta ella. ¿Pueden salir a la calle?, ¿Habrá guerra civil?, ¿Y entre quiénes?, ¿Qué
está pidiendo la gente?, ¿De verdad quieren que se vayan todos? ¿Pero todos todos?, pregunta
con avidez, y tras torpes y fatigadas explicaciones concluye: No entiendo. Renée Claire es
funcionaria de la Unesco. Argentina, ah, Argentina es un caso muy especial, dice, y recuerda que
ha estado hace poco en Bariloche, en un Congreso de Mujeres y Ciencia que “fue magnífico.
Argentina es un país tan avanzado en algunas cuestiones y tan extraño en otras”, suspira y todos
a su alrededor asienten. Es un fenómeno fascinante, dice, y asegura que todo el mundo comenta
lo mismo. Uno piensa que claro que debe ser fascinante para mirarlo desde una brasserie o una
patisserie o una boulangerie. A la mención de Argentina ya no sigue la asociación Maradona:
ahora dicen Cacerola.. ¿Argentinos?, pregunta Colombo, un senegalés que maneja uno de los
escasos 15 mil taxis de París.
Bajan las fichas que irán acumulando unos quince o veinte dólares por un viaje de una distancia
más que discreta, Colombo dice que vive desde hace muchos años en París, y que nunca llegará
a tener un taxi propio, porque si lograra reunir los 150 mil dólares necesarios, los usaría para
pasar el resto de su vida bajo los cocoteros de Senegal. Argentinos, amigos, ustedes sí que
están en un problema, ¿eh, dice en su francés poco esforzado. ¿Cómo hicieron para meterse en
un problema tan grande? ¡Para problemas, ustedes!, se ríe Colombo con una risa africana, pero
habituada a la calefacción de ese Mercedes-Benz.
El hotel Hilton queda a una cuadra de la torre Eiffel, en un barrio impersonal atravesado por una
cortada que se llama Buenos Aires. Como los precios del hotel son surrealistas, uno se llega
hasta el pequeño mercado de la vuelta para comprar un sandwich y una Coca.
 
Por Sandra Russo

PRINCIPAL