| Gracias
por escribir, Gardel. Y por tus palabras. Necesitamos estímulo
para escribir, que se tornó, para muchos de nosotros, un
medio de seguir vivo, de seguir comunicado. Renacer después
del exilio es una tarea ardua, como Borges diría. Es un buscar
el Sur, como dice Cortázar, La patria interior, como dice
Hermann Hess. Tengo algunas cositas en ese sentido.
Te
enviaré algunas fotos de João Pessoa.
Un abrazo
Rolando
elzarat@yahoo.com.br
Hoy
corté una flor
Y llovía, llovía
Esperando a mi amor
Y llovía, llovía
Presurosa la gente
Pasaba, corría
Y desierta quedó
La ciudad pues llovía
Leonardo
Favio
Rosa
Argentina
Por Rolando Lazarte
El pescador salía de su casa al borde del lago Valdivia y
reía: el turista -nunca se sentiría turista en Chile-había
parado con su novia al oír las palabras de la canción.
Estas son nuestras músicas. Músicas de aquellos tiempos.
No sé qué edad tendría el pescador. Ni qué
edad tendría el caminante. Tampoco sé la edad de la
rosa de la canción de Leonardo Fabio.
Apenas sé que una rosa nació en Argentina. No sé
en qué esquina me dirás buen día. En qué
esquina me dije adiós y me fui. Ahora, esta noche al borde
del mar y las estrellas, algo en mí sabe que estamos cerca.
Que el pueblo no olvidó. Que no se repetirá la página
más negra de la historia argentina, simbolizada en la traición
militar que nos enlutó.
Deben los delincuentes ser juzgados y condenados para que resurja
la patria de sus ruinas. Pero no nos engañemos. La tarea
está apenas comenzada. Aún no nos hemos rehecho por
dentro. Aún buscamos al enemigo afuera. Aún queremos
que el otro cambie pero no yo. Estamos a años luz de la gesta
brasileña, un pueblo que se viene reconociendo y cosiendo
sus caminos.
No basta -todos lo sabemos-decir esto no. Esto no quiero. Es importante
el no. Pero sin un sí no hay adónde ir. Y la llamada
izquierda argentina ha de descubrir un día -si es que las
lecciones del pasado han de ser carne además de sangre-que
izquierda es antes de más nada el lugar del corazón.
El lugar del amor. De las manos dadas. Del abrazo.
Han de reparar los carniceros la atrocidad, la infamia cometida
contra el pueblo a quien debían defender y atacaron a servicio
de la antipatria, de la oligarquía y del imperialismo. Sí.
Y nuestra generación, que fue condenada sin haber sido juzgada,
que fue castigada sin haber cometido cualquier delito, habrá
de verse espejada en los hijos del proceso.
En el rebrote de amor que anda en nuestras calles. En el retorno
a la fe simple de la vida. Y en ese renacer habremos de comprender
que somos idiotas individuales y genios colectivos. Algo que en
Brasil viene construyéndose pasito a paso, enhebrando esfuerzos
de orígenes distintos pero que se orientan a un mismo fin.
Ideologías o banderas distintas pero un solo blanco.
Un bien querer-me parece esta noche oír las palabras de la
hermana Ana-que, allá por los años de plomo, nos hizo
sentir en casa a quienes atravesábamos la frontera sin saber
nada de este verde país que es sobre todo un lugar donde
el amor pulsa fuerte. Donde se baila. Donde se canta. Donde se espera.
Donde se cree. Donde se hace juntos. El crepúsculo hoy está
cerca.
Puedo sentir el oro con las manos. Como aquél amarillo que
Van Gogh persiguiera durante toda su vida y alcanzara. Es un mar
de luz y está aquí. En esa patria pequeñita
e inmensa que es cada uno de nosotros. Cada ser vivo. Esa eternidad
efímera que es el ser humano. Ese cosmos cambiante que todo
lo puede. Ahora sabemos.
Sí. Se puede.
elzarat@yahoo.com.br
Praia
Manaira - João Pessoa Paraiba - Brasil |
Una
historia más
Como
valorizar la vida a no ser que haya estado tan al borde de perderla...
Nunca había amado más, apreciado más, gozado
más el estar vivo, que después del retorno del estado
de depresión y enajenamiento a que lo precipitara la violencia
dictatorial de 1976, la ominosa secuela psiquiátricamente
denominada “síndrome permanente de estrés post-traumático”.
Nunca
había disfrutado tanto del hecho dado por sentado, tenido
como tan ahí y para él tan precioso, tan único,
tan sin igual, de estar vivo y enterito, no solo de cuerpo pero
de sentimiento y mente. Del respirar al pensar, del sentir al tocar.
Del oír al caminar. Todo estaba bien. Otra vez, o por primera,
vez, pues no recordaba haber estado tan pleno, tan bien, antes.
Todo
tenía una fragancia diferente, como un sabor a triunfo. Sabía
que no era sólo un triunfo personal. Sí, había
querido volver. Recordaba las denodadas, largas jornadas del lado
de allá de la normalidad. Parecía un precipicio sin
fondo. Una vitrina infinita rodeándolo todo y la vida, esa
odiosa huidiza, del otro lado, inalcanzable, para siempre huída.
Había
conocido el exilio en vida aún antes del exilio propiamente
dicho. No se sentía miembro de su familia consanguínea.
Talvez por el extrañamiento y el fuerte golpe a la autoestima
producidos por la internación en el colegio y la violación
silenciosamente callada ocurrida dentro de sus paredes. Algo se
había roto para siempre. Eso parecía.
Después
la expulsión de la universidad en 1976. El servicio militar
con el rótulo de subversivo. No tenía más amigos.
La gente le escapaba. Nadie te conocía. No sabías
quién eras. Psicosis, diría e médico. El tiempo
presentaba roturas. La realidad era como en Matriz, una delgada
pantalla removible, una película recubriéndolo todo,
hecha a mano. Nunca más sería natural.
Pero
se vuelve. Lo supo. Lo leyó en Sur, paredón y después,
una milonga escrita por otro retornante, allá por 1999, bien
en el borde de esa frontera que separa la salud de la sinrazón,
sinrazón que se transformó en el pasaporte para su
salud. Atacar, defenderse, sentir armas apuntando, gente que quería
matarle, gente escondida en la casa, debajo de las camas, en los
armarios, gente que venía a llevarse los chicos.
Pero
no. El ejército amoral se había retirado a los cuarteles.
Ya habían saqueado al país sobre el que cayeron como
buitres, engordado sus panzas de sangre y dólares. Sangre
y dólares, pensó. Estaban siempre juntos. Los asesinos,
torturadores y ladrones sueltos por las calles, apenas con la condena
moral del pueblo que les escupe donde los ve y los obliga a mudarse
de casa cuando los ubica. Hoy son ellos las ratas.
Siempre
lo fueron. Es el destino que escogieron, pensó. Así
como escogí el mío. Y ellos me ayudaron a afirmarlo,
lo sé. Sin ellos no sería yo. Sin mí no serían
ellos. Un hilo invisible pero fuerte como el acero unía los
destinos. Sin 1976 no habría Cabedelo. Sin la traición
del ejército apartida y vendido al capital, no habrían
florecido las rosas que perfuman mi destino, pensó. No habría
los brazos dados de este inmenso ejército de amor que se
extiende sin fronteras por el mundo todo.
Sin
el riesgo total bajo el cual pusieron nuestras vidas, no habríamos
valorizado nunca el riesgo de no arriesgar. Sin la fragilidad máxima
bajo la cual nos obligaron a sobrevivir, jamás hubiéramos
apreciado el valor infinito de un gesto de solidaridad expresado
en una simple mirada. En un telefonema para ayudarte a conseguir
empleo. Una puerta que se abre para acogerte después de una
noche en la calle de la ciudad desconocida. Gente que se admira
de la sobrevivencia de gente como la gente.
Sin
saberlo te tornaste una especie de museo ambulante y lo sabes cuando
te vas por la orilla de una página y sabes que volvió.
Que eres apenas el personaje de una historia o de muchas historias
similares aunque distintas, pero parecidas a las que Cortázar
relatara en Después hay que llegar, historia que un mosaico
que no termina de armarse sigue montando y remontando como una rayuela
infinita, como un ajedrez borgeano sin fin y te vas.
Duerme
tu niño en el cuarto de arriba y agradeces poder estar cerca
de sus sueños esta mañana y recuerdas las mañanas
frías que parecían extenderse sin término hacia
siempre, adelante y atrás, un ahora infernal carcomiéndolo
todo, infectando cada segundo, todos los segundos, todos los días,
todos los tiempos, todas las cosas. Nunca acabaría, pero
sin embrago terminó. Y entonces se te figura esta mañana
de benteveos y arrullos del mar y olor de mata mojada una historia
más.
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Faro
Cabo Branco - João Pessoa Paraiba
- Brasil |
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La
experiencia de vender Mosaico de a uno, cara a
cara,
me
devuelve la cara de mi cara cuando me veo en la cara del pueblo.
Gente
que no tiene dinero, otros que sacan de donde no tienen para devolverle
una sonrisa a un autor que se
recoge
por los caminos.
Viejos
amigos reencontrados en nuevas encrucijadas. Las Madres de Plaza
de Mayo.
Una
lágrima asomada yo no pude contener.
La
alegría de descubrir reflejos de amor en tantos corazones.
La gente atareada corriendo de aquí para allá y
se
hacen un tiempo para escucharte o para hablarte.
Así
empezó, recordaba. Vendiendo diarios en la esquina del barrio
y mamá asustada: ¡el hijo del Doctor
vendiendo
diarios!
La
familia ampliada. Las compañeras de la salud comunitaria.
Un mundo tan ancho como cuando andabas
por
las calles de São Paulo a ganar el pan.
A
buscar un techo y un pedazo de tierra donde guarecerte. Ipiranga
e São João no tenían nada de romántico
ni
de melódico. Um portal podia ser un buen lugar para dormir.
La
Praça da República. La cana recogiendo pobres y mendigos.
Y tú sin documentos. Pensabas que pasarían
y
pasaron. No te llevaron. Eras blanco y estabas mejor vestido.
La
vida sigue andando y gira gira el carrusel. De pronto eres un autor
y la gente te dice que tiene tu libro en casa,
que
vió tu nombre por ahí.
Sabes
que tienes un lugar en el pueblo. No te distanciaste. No perdiste
el rumbo. El tiempo pasó y sigues
aprendiendo.
Buscando, con Borges, los miles de reflejos que tu rostro, entre
los dos crepúsculos del día,
fue
dejando en los espejos, y los que irá dejando todavía.
Praia
Tambada - João Pessoa Paraiba - Brasil
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Rolando
vive en un paraiso en la tierra, en una zona de ensueño,
Gardel.
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