| Quienes
se van hacen visible el último escalón del iceberg del desencanto,
donde devaluar el voto, no pagar los impuestos o recaudarlos para
beneficio personal, también son pasos de un alejamiento. En otro
escalón están los que se regocijan al acertar con sus pronósticos
pesimistas o buscan chivos expiatorios para los propios problemas.
Probablemente estén en algún peldaño quienes tienen su dinero
fuera del país y quienes han gobernado creando las condiciones
que tornaron a esa decisión como la más sensata: con el congelamiento
de depósitos los que tienen cuentas en el exterior recibían un
premio a la descon-fianza y el gobierno les decía que hicieron
bien al llevar su dinero —su tiempo— al exterior.Tras este masivo
voto valija ¿podrán gobernar los honestos?Quizás señalar sólo
a los dirigentes, como responsables de nuestras desdichas, o a
los emigrantes, porque sólo buscan su salvación sin preocuparse
por el país, nos alivie de indagar acerca de cuándo y cómo nos
alejamos de esa Argentina deseada.Cabe desmenuzar en cada uno
de qué manera nos vamos día a día de aquello que decimos querer.¿Cuándo
nos alejamos del compromiso con nuestro país, aunque no abandonemos
—físicamente— el barco? Sostengo que no perjudican al barco quienes
emigran en busca de un salvavidas y sí lo hicieron quienes malograron
los motores y el timón. Al insultar tanto a esos capitanes piratas
como a las instituciones de la república, al anular el voto y
desinteresarnos por la cosa pública ¿no nos estamos alejando?
Me cuestiono si
no se van también a la m... quienes no pagan impuestos o quienes
los recaudan para beneficio personal.
Decíamos, cacerolas
y aviones.Es decir, por
un lado, las protestas callejeras que representan las últimas
páginas del texto nacional donde la voluntad ciudadana podía ser
traicionada sin costo alguno. |
Esta revalorización
de los derechos civiles podría ser la cocina de una historia más
sana en el país. Por otro, los aviones y el deseo de llevar esas
expectativas a otro lugar.En esta etapa final, la de las preguntas,
podemos pensar qué aprendizaje reciben las futuras generaciones.
La enseñanza de salir a protestar y reclamar lo justo. También
la de la búsqueda que se desarrolla paralelamente pero en un sentido
—aparentemente— opuesto. Buscar acá... y allá.“Por otra parte
y en particular en lo que se refiere a la formación en valores,
los chicos y jóvenes no aprenden de lo que les decimos, sino de
lo que hacemos”, escribía en febrero de 2002 en Clarín
el secretario de Educación del gobierno porteño, Daniel Filmus,
en un artículo donde se preguntaba qué hijos se le está dejando
al país. Allí comentaba que alentar la emigración de los hijos
puede ser una forma de expiar las culpas por haberlos hecho nacer
aquí, y continuaba: “Dotarlos de los conocimientos y valores que
les permitan cambiar la historia será la mejor manera de invitarlos
a quedarse en el país para convertirse en orgullosos protagonistas
de la construcción de una Argentina mejor, como la que ellos y
sus futuros hijos se merecen”. La gente deja el país... tras considerar
que ellos han sido abandonados primero, y en ese clima se forman
quienes deberán edificar lo nuevo. Ellos son el mejor argumento
para contestar a quienes dicen que no hay futuro: hay millones
de personas que vivirán aquí más adelante. Pero ¿qué hijos le
dejamos al país?Entonces invito a repensar lo leído desde la perspectiva
de quienes se van sin salir, a preguntarnos cómo es posible estar
idos aquí y cómo miles son excluidos por quienes debilitaron la
república.Estas preguntas sobre las actitudes que nos distancian
señalan los últimos pasos de este libro y la última página de
este viaje. Encuentro para ellas una respuesta llena de otros
interrogantes y que podría formularse así: |