Hay un lugar donde estamos orgullosos, nuevamente. En nuestra propia casa.
No importa dónde esté ella. Es el lugar donde vives.
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Vencedores
Llevo
unas flores en mi pecho Son los amores de 11.9.2004.
A veces me siento fuera. por Rolando Lazarte Un poco al costado. Como que no hubiera lugar para el festejo del regreso. Que no es el de una persona pero sí de un pueblo. Una reconstrucción humana desde dentro, que es perenne, una suma de gestos solidarios en que están involucrados los ecos gratuitos, las afinidades, y por qué no decirlo también los adioses. Los hasta nunca. Los divorcios, las separaciones, las rupturas. Las movidas de piso. Los engaños, los errores, las mentiras. Pero es tiempo de festejo, sí,
de fiesta. Los fueguitos se dirigen al sol y es hora de alegría.
El luto fue largo, será siempre la sombra sin la que el sol no
sería nada. Los caminos individuales que se dirigen al astro
rey, de que la poesía de León Felipe es paradigma y espejo,
reflejo, crean la hora propicia a la celebración. “Cada vez que sale el sol, despiertas tú, despierto yo, y la luz sale a buscar, las cosas que escondió la oscuridad.” No sé qué nombre tiene esta canción, pero sí que ella llegó a mí en los oscuros días del oscuro diciembre de 1977, cuando hacía poquito que había llegado a São Paulo, con la espalda todavía doliendo de lo que quedaba atrás. Una Argentina tajeada desde dentro. El tiempo pasó. Las huellas se hicieron huerta. Arado se hizo la reja, para tomar prestada la metáfora del autor de “El aprendiz de mago”. Era Amanda García quien enviaba la canción, en esos disquitos que el tiempo transformó en antigüedad y que se llamaban de discos simples, por oposición al Long Play. Simple es todo. Simple es Amanda. Simple fue Raíces. Simple es el regreso. Cuando lo ves desde la puerta del fondo. Desde el río que llega al mar. Pero es la suma de innumerables hilitos de agua que se vinieron sumando. Gente que te hizo notar que estabas sintiéndote culpable de estar vivo. Los que te dieron su amor y su amistad. Su espacio en su casa, en su familia. Los que te ayudaron a encontrar trabajo, a conseguir documentos. Los que te hacían chistes. Pero volver a la vida después de la desaparición en vida psiquiátricamente caracterizada por “Síndrome permanente de Estrés Post-Traumático” envuelve la remoción de las huellas que la tortura dejó en el cuerpo. No sólo en el alma. En la percepción. En la conciencia. En aquellos lugares en que el dolor se refugió. Y es este el momento actual. En que se recupera la gana de vivir. Pero no ya como apenas (como si fuera poco) un aceptar el acto de estar vivo cuando volvés a la conciencia después del sueño. Sino el quererte otra vez, o por primera vez. El amarte, el gustar de vos. El sentirte bien en vos mismo, en tu cuerpo, con tu respiración, tu cara, lo que sos vos. Y esto lleva a memorias que son muy anteriores a la oscuridad que la canción de Amanda espanta. Poder enfrentar esos nidos de dolor en el cuerpo, respirarlos, permitirte el derecho a ser feliz otra vez, a perdonar. A perdonarte las barreras que atravesaste a todo vapor, en un soplo. Sin saber que atravesabas barreras o que venía un ten a toda velocidad. Y hoy sabes que estás pudiendo sanarte con la ayuda de tu amiga misionera tanzaniana, Éfu. Y decir el nombre es una manera de exorcizar también ese tabú de los nombres. No me nombres. No digas ese nombre. No lo anotes. No notes los nombres de quien te anota. No hagas listas de los que hacen listas. O de los que creen que tu nombre no debiera estar en la lista. Hoy te permites la vida recuperada gracias a los consejos –no podría dejar de nombrarte—de María, que te trajo al Reiki, a la Afya, a la Salud Mental en el Mundo, el manual que te hizo ver que se podía volver. Allá en los lejanos años de 1999-2000. Y hoy saber que toda esa caminata hasta el diciembre ardiente que quemó el estropicio dominante en la Plaza de Mayo, al son de cacerolas, al febrero de 2002, toda esa vida que vuelve y se hace suma colectiva en las acciones con los agentes de salud de la familia en Cabedelo en 2003, todo ese procesamiento rehabilitante que lleva tantas manos y tantos corazones que no los puedo nombrar, ese tejido todo es lo que hoy te permite ir a Mangabeira y sumarte a la reunión de gente del barrio que procesa sus problemas y dolores cotidianos para prevenir el alcoholismo, la violencia familiar, la depresión, el aislamiento, el prejuicio, el sectarismo, el desempleo, la miseria. Sabemos que hay distintas formas de exclusión, así como de explotación. Y el sistema en que vivimos es una tensión constante entre deshumanización y existencia plena. Ésta una lucha continua contra los demonios del fanatismo, la ambición, la alineación en todas sus formas. Exclusivismos de cierta pretendida militancia que parece no haber crecido en el tiempo. Los “libertadores del pueblo sin el pueblo”, como bien dice Pérez Esquivel. No hay tiempo para esas cosas. Si algo enseña la recuperación de la vida en que estamos involucrados –y de una manera o de otra, todo ser humano lo está, a todo momento—es que la vida no se divide en blanco negro a la manera del ajedrez, sino al modo del Tai Chi, donde uno está contenido en el otro y en su posición complementaria generan el movimiento continuo de todas las cosas. Mientras continúan tronando los demonios del desempleo, la explotación de los trabajadores, la quiebra de horizontes de significado y esperanza, la pared sigue levantándose desde abajo. Con los mismo materiales de demolición, como un mosaico eternamente reconstruyéndose de sus propios escombros. Esperanza es el nombre de la fe del nordestino. Llueve.
Y el tictaquear infinito de las hojas es tu nombre que me cubre, María.
Pido prestado a Hermann Hesse el ritmo y el tono de su Caminhada. Menos
mal que hay lugares intocados. El rigor impone fidelidad a los pasos
silenciosos. Territorio inmemorial de poesía. Borges construye
una casa, un río que no pasa. Pessoa respira flores. Cortázar.
Sur. Lennon. Che. Ojo. Ajá. El eterno peregrino sale a andar.
Poe. Profeta. Gibran. Insignia. In Hoc Signo Vinces. Proceso. Poesía.
Poeta. Una palabra de tres letras. La página se da vuelta. La
ruleta incesante de los autos. El grillo no para de cantar. Y llueve.
Pascua. Esa luz.
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