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El
escritor nació en Resistencia, Chaco, adonde regresó en la década
del 90 para radicarse
después
de un largo peregrinaje porque extrañaba el olor del pago y la
cercanía del río.
Su
padre, un panadero que se instaló en el Chaco porque hace años
existía el mito de que
allí
se sembraba una moneda y salían árboles de oro, murió cuando su
hijo estaba en la
primaria. Poco después, cuando estaba en la secundaria, murió
su madre.
A
partir de allí se estableció un lazo afectivo intenso con su hermana
Beby, doce años
mayor
que él, a quien le dedicó su último libro y a quien define como
una persona culta,
que
organizó y dirige la Biblioteca de Resistencia. "Yo -dice el escritor-
tengo el Edipo
cambiado.
Mi hermana es mi vieja, en cierta forma. Somos grandes amigos...
"
Parece que esta relación con su hermana lo marcó a fuego con las
mujeres.
En un capítulo de su nuevo libro habla del machismo de los argentinos
y relata cómo él,
un
misógino empedernido en sus años mozos, fue virando lentamente
su veleta en una
ardua batalla consigo mismo. La batalla se desató a fuerza de
patinar en sus relaciones
con
las mujeres
y también por sus compañeras de vida, alguna de ellas con visiones
feministas
que lo llevaron a replantear su pensamiento.
No
en vano realizó mientras dirigía la revista Puro Cuento, un congreso
titulado Mujer y
Escritura,
y escribió una de sus novelas desde una voz de mujer.
En
su libro, confiesa: "Fui misógino y acabé teniéndoles miedo a
las mujeres.
No
me avergüenza decirlo. En todo caso, lo he confesado por escrito
hace años en una
revista
de las llamadas femeninas, con inocultable pena por mí mismo.
Me casé, me
divorcié
y me equivoqué muchísimas veces con las mujeres, incapaz de dar,
sin saber pedir,
sin
atender la voz de mi propia ternura y de mis debilidades infinitas".
Con
aplomo, confiesa que las personas que más ama en el mundo son
su hermana y sus
dos
hijas. Al hablar de las dos últimas se define como un baboso y
utiliza generosos epítetos.
Sus
destinatarias son María (24), licenciada en Relaciones Internacionales,
y Guillermina (22),
estudiante
de Psicología, ambas residentes en México. Con ellas mantiene
un diálogo fluido,
ya
que Mempo, hombre inquieto en su oficio, viaja constantemente
a congresos, a ferias de
libros,
sobre todo en los Estados Unidos, donde da clases, y siempre encuentra
una excusa
para
recalar en México. Además, las niñas saben que tienen un pasaje
abierto para visitar a
su
padre cuando lo desean. "Todas las noches -cuenta- converso con
mis hijas por Internet.
Tenemos
una relación muy fluida, siempre sabemos lo que piensa y siente
el otro. Es un ritual
infaltable.
El correo electrónico cumple, como diría un turco de mi pueblo,
con las tres B: es
bueno, barato y bistoso (pronuncia esta última así de modo audiblemente
oclusivo, eliminando
la
v)." Al finalizar el servicio militar, Mempo se lanzó, cargado
de sueños, con su primera novela
bajo
el brazo, hacia Buenos Aires. Había decidido que su destino era
la escritura, "aunque el
único
que lo sabía era yo". Su primer trabajo fue en Editorial Abril,
donde conoció al que sería
su
compinche, Osvaldo Soriano, que llegaba de Tandil. "Estaban Tomás
Eloy Martínez como
directivo,el
poeta Miguel Angel Bustos, Marcelo Pichon Rivière, Sergio Sinay,
Daniel Pliner,
Norberto
Firpo, Morero, Olga Orozco en la revista Claudia, y Germán Rozenmacher,
gran
amigo
mío hasta que murió, en 1971." -
Eran
épocas de hervidero cultural. -Sí, había mucho intercambio.
Juan
Gelman estaba en la sección Internacionales de Panorama. Yo era
un pibe, a mí no me daban
ni
cinco, pero sabías que estaban. Con Soriano lo tomamos como maestro
a Eloy Martínez, aunque
él no lo supiera. Lo leíamos con devoción. Mirá qué prosa -comentábamos-,
mirá esta construcción,
mirá
como pone las comas. Por aquellos años, alquilaba un depto con
dos amigos estudiantes
de
arquitectura e ingeniería en la calle Serrano. Soriano vivía en
Mario Bravo y Cabrera; otro
compinche
era Carlos Llosa, aquel que después adoptó el seudónimo de Bracamonte
en la
revista
Humor. "Lo que queríamos -recuerda Giardinelli- era vivir, como
un pibe de ahora, un
poco
lumpen, otro poco bohemio... Fue una época de mucha pasión nacional.
Me
acuerdo cuando empezó La Opinión. A Osvaldo Soriano lo llevaron
a trabajar allí.
Estábamos
todos cruzando los dedos a ver si Jacobo Timmerman nos llamaba.
Yo
no quiero parecerme a esos viejos que dicen que todo tiempo pasado
fue mejor, pero
había
mucha efervescencia." -¿Cómo eran las redacciones de aquellos
años?
-Eran pequeños foros griegos. Siempre había un maestro y sus
discípulos.
Me acuerdo de un tipo, Manolo Díaz Guerra, gran periodista, ni
sé dónde andará
Manolo.
Te llamaba y te decía: A ver, pibe, vení... Y con infinita paciencia
te corregía párrafo
a
párrafo. ¡Era fantástico! Poco tiempo después alcanzó lo que se
consideraba un premio:
firmar
su primera nota en Siete Días. Se lo debe -en parte- a Horacio
de Dios.
Este
pasó por la redacción, la leyó y se la ponderó a su jefe, Martín
Canto: "Don Manolo -
comenta-
vino despuésy me dijo: ¿Sabés, pibe, por qué vas a firmar tu primera
nota?
Porque
un buen periodista la elogió". En los primeros años de 1970, el
periodista-escritor se
encontraba
como delegado sindical en la Editorial Abril y estaba vinculado
con el peronismo
revolucionario.
Relata: "Lo que me habré peleado con don César Civita y con Raúl
Burzaco.
Hoy
los miro con romanticismo... En 1975 fue destruida, prácticamente,
la Editorial Abril, con
una
inquina feroz hacia don César y hacia el gremio de prensa en general.
Empezaron los muertos, los desaparecidos. Fue una época de terror.
Tenemos
más de 80 víctimas de aquel entonces, entre fotógrafos, columnistas,
cronistas...
"
Por esa época, Giardinelli trabajaba en Crónica por la mañana,
en Siete Días por la tarde y dos
veces
por semana iba por las noches a la revista Mengano. Editorial
Losada estaba a punto de
publicar
su primera novela, en la serie Novelistas de nuestra Epoca, ésa
que llevaba dibujos de
Baldessari.
Un día le avisaron que la policía o el ejército se presentaron
y habían quemado dos o
tres
libros. Uno de Eduardo Mignogna y otro de él mismo. -¿Hasta ese
momento te pensabas ir
del
país? -Yo tenía aquella sensación de muchos de nosotros, un poco
irresponsable, de que a
uno
no le iba a pasar nada. Mi ex mujer estaba aterrada, mis hijas
eran chicas.
Yo
no hablo mucho de esto, por respeto.
Pasaron
cosas tan terribles que la mía es una historia pequeña.
Hasta
parece una exageración que uno ande contando esto como si fuera
una gran cosa.
¡En
realidad yo tuve una suerte de este tamaño! -dice y redondea un
círculo con sus manos.
-¿Cómo
fue tu salida? - Muy difícil. Yo no tenía dinero. Me ayudó una
persona sumamente
inesperada.
Alguna vez voy a escribir sobre eso, quisiera contarlo, esta persona
aún vive.
Tenía
un enorme poder en ese momento y lo tuvo durante mucho tiempo.
Yo
acudí a él en mi desesperación, porque no sabía cómo ni adónde
ir.
En realidad fue esta persona la que eligió que yo fuera a México.
Un
día me citó, me entregó un sobre donde había un pasaje a México
y tres
billetes de 20
dólares
cada uno.
Me dijo: Que tengas suerte, pibe, yo no te ayudé... -¿Quién
fue?
¿Timerman? -Mirá, nunca he contado esto en mi vida. Cuando sea
muy viejito lo contaré.
Respeto
a ese hombre y le agradezco profundamente. Lo único que te puedo
decir es que era
un
poderoso empresario periodístico. -En tu libro vos te proponés
revisar los mitos de los
argentinos.
Te basás para eso en aquellas frases que, según tus palabras,
los argentinos
repiten
y aceptan como un saber popular. ¿Cómo surgió esta idea?
-Cuando yo escribí mi primera novelita
un amigo que la leyó me dijo que había muchos lugares comunes
y que eso estaba de más
en
la literatura. A mí me impresionó mucho. Me quedó una fijación
por detectarlos.
Tiempo
después comprendí que son horribles, pero sirven para que nos
entendamos.
Como
una diversión, durante años los fui anotando: oscuro como boca
de lobo, la madre
del
borrego, somos pobres perohonrados, más sordo que Beethoven, lo
atamo' con alambre.
En
1995 le propusieron hacer unprograma por cable basado en el libro
Mitologías, de
Roland
Barthes. Giardinelli entonces decidió indagar
en nuestros mitos desde estas frases
que
él denomina irreflexiones argentinas.
Escribía un guión por semana. "Esta estructura me quedó como material
en bruto. Además,
yo
estaba trabajando en algo que se llama paramiología, una disciplina
que junta, organiza
y
analiza las expresiones, apotegmas y frases hechas.
En
nuestro país mucha gente reflexiona sobre nuestra problemática
maravillosamente bien
en
términos académicos, desde todas las disciplinas.
Como yo no vengo de una formación académica, me pareció que la
paramiología me permitía
un
camino diferente para indagar sobre nosotros mismos."
-¿Cómo
se definiría esa otra mirada?
-
Yo vengo desde la ficción, donde uno aborda la realidad tangencialmente,
por vía imaginaria.
Desde
la alusión, desde la elusión, desde la ilusión. A mí me está doliendo
lo que pasa en el p
aís,
estoy
fastidiado y con bronca. Ante la bronca tenés dos opciones:
quedarte
paralizado y llenarte de resentimiento o proponer una esperanza.
A
nuestro país lo inventaron los grandes ensayistas, y el sueño
nacional lo hicieron los
intelectuales.
El nuestro es un país cuyos hombres de letras fueron estadistas
y cuyos
estadistas
fueron hombres de letras. De Echeverría a don Bartolomé Mitre,
de
Sarmiento a Avellaneda, de Alberdi a Ingenieros, de Lugones a
Borges.
Un
país con una tradición tan rica se dio el lujo desde 1930 de despreciar
al intelectual,
al
pensamiento y a la reflexión.
Fijate
lo que pasa ahora: han convertido lo que antes se denominaba imperialismo
en
globalización e imponen estos códigos vertiginosos de la ultraposmodernidad.
Es
el reinado de la banalización llevado al paroxismo.
-¿Con tu libro intentás contrarrestar eso?
-Ni
soy un tirabombas ni soy tan pedante o pretencioso de creer que
voy a cambiar eso.
Yo
busco con este libro sistematizar un pensamiento y sistematizar
también mi dolor, mi
desesperación
y mi necesidad de esperanza. Yo partí de la base de que un diagnóstico
veraz
y feroz de lo que está sucediendo en nuestro país te lo da cualquiera.
Basta con tocar un timbre.
Además,
el periodismo lo refleja perfectamente. Busqué, como tantos otros
lo hacen,
recuperar una esperanza de un país mejor.
De
una argentina verdaderamente democrática donde no te joroben,
no te maten y puedas
vivir
en libertad. Eso es lo que transmitió Echeverría y lo que me
enseñó Ingenieros.
En
esa tradición, allí, al final de fila, intento ubicarme -
finaliza
Mempo Giardinelli, mientras toma su último mate.
Afuera
empezó a diluviar.
Texto:
Agustina Roca
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